Volar, desaparecer, esfumarse y no volver. Humo y nada más.
Negrura y oscuridad a mi alrededor, la gente me mira, pero ni siquiera les
conozco, aunque creo que ellos saben mi nombre. Camino hasta el fondo, allí,
junto a la piedra y tomo asiento. Las miradas cuchichean, las bocas observan
con ansia. Mi cuerpo no pesa, pero el ambiente está pesado. Creo que ha sido un
mal lugar éste donde he venido a parar. Mi mundo se ha acabado y mi alma ha
quedado atrapada aquí. Eternamente, condenada a ser el centro de atención de
gente sin corazón. A vagar para ser observada sin ser tocada. Para ser odiada
sin razón. Aquí perecerá mi alma, cuando encuentre un motivo, que la empuje a
marchar, mientras tanto espero, a que alguien aquí me aparte la vista, un
instante de intimidad, es lo único con lo que puedo soñar, pero parece que Dios
eligió este destino para mi, y no tengo otra opción que existir. No se cómo ha
pasado, pero me he visto metida en este lío y ahora no puedo salir.
Una puerta encontré, al fondo de la nada, parecía abandonada
pero la abrí. Susurraba una luz, que pasase por allí. Un gran ordenador
encontré, y sentado tras él, estaba Dios, con cara de desafío. Me estaba
esperando, lo sabía, pero aún no intuía ni el por qué. Me acerqué y grité pero
mi voz no sonó y en un visto y no visto, me capturó. Me ví encerrada en una
jaula sin escapatoria. En aquel instante todas aquellas almas que antes mi
miraban me habían venido a ayudar. Una enorme batalla comenzó, y gracias a
algunas almas fui capaz de escapar de mi prisión. ¿Que harás ahora dios? Te
tenemos entre las cuerdas. ¿Que tú eres justicia? ¿Y qué clase de justicia
recibí yo, que sin hacer nada me he visto atrapada en esta habitación? Aquí
tendrás tu merecido, y sufrirás un horrible dolor, el de las almas heridas por
tu odio, que aquí las encerró. Ahora llora, arrincónate y no luches, porque de
esta no sales con vida ni a la de tres.
Mis ojos se tornaron rojos, y ni dos veces lo pensé, lo
arrinconé y allí mismo le apuñalé. Nadie sabe de dónde salio el cuchillo, pero
en su pecho se clavó. Era la mirada de terror en su rostro lo que me detuvo, y
observé lo que acaba de ocurrir. Acababa de matar a Dios. Ahora las almas no me
miraban, sólo estaban existiendo igual que yo. Al parecer era la elegida, pero
yo ni siquiera lo sabía. Ellas habían estado esperándome durante mucho tiempo,
y al fin obtuvieron recompensa. Su opresor había muerto y podrían descansar en
paz. Sólo había que abrir la puerta, y al fin desaparecerían. Un espejo me
trajeron y sin entender, lo miré, Pasé la mano por su superficie y algo se
movió. La puerta estaba abierta y las almas una a una fueron dejándome,
marchándose de la habitación. Cabizbajas salían, sin pronunciar ningún adiós.
No entendía por qué, habían sido liberadas, ¿No lo deberían agradecer? La
última de ellas se paró y me entregó, escrita en un papel una nota: Ahora tú,
eres el nuevo Dios. Lo entendí y me estremecí. Nunca descansaría, hasta el día
en que alguien, viniese y me matase, de la misma forma en que lo había hecho
yo. Me arrodillé y lloré. Me miré y me odié. Y odié al bastardo que me había
condenado. Sabía, que no sería capaz de condenar a nadie al calvario de quedar
encerrado, sabía que sería el Dios eternamente y nunca descansaría. El muy
cabrón, debía tenerme un odio terrible, sabía que no haría a nadie pasar por lo
que yo... Maldito bastardo cabrón.
Ahora mi vida, se basa en la desesperación y el anhelo, por
intentar conseguir lo que mas quiero y no puedo. Me paso el día delante del
maldito ordenador, viendo a aquellos que aún viven, llevándome a aquellos que
perecieron y gritándole al cielo, pido mi perdón. Pero allí no responden. Aquello soy yo. Rogándome
llegan con la mayor de la ilusión, pecadores y ladrones, pidiendo absolución.
Pero a ellos ni agua. Mejor dejarlos torturándose, metidos en una prisión, en
el mundo de los vivos, donde al menos les queda algo de esperanza, que al
cumplir la condena, puedan ver la luz del sol. Y bailando, paso yo las horas,
añorando su calor, y mi mente cada día mas fría, desea que le den la
extremaunción. El mundo, a cada hora, es peor que la anterior. y no hay nada
que yo pueda hacer para cambiarlo, y que así un Dios, no sea necesario. Cuando
llegue ese día, lloraré de la emoción, al ver a mi alma partir, hacía un mundo
que no es de Dios, hacia un mundo mejor, que es donde quiero estar yo. Para
pertenecer a los muertos y empezar una revolución en la que el mundo sea
nuestro y tiremos a la gente desde el balcón.
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