martes, 12 de noviembre de 2013

Folio en blanco.

No me atrevía a entrar, era el sitio prohibido. No había nada que me lo impidiera excepto yo misma. Hoy esa puerta fue cruzada. En su interior, nada mas que unos pocos recuerdos de lo mucho que pasó. Una habitación desolada, y medio vacía que sólo portaba sus recuerdos. Al fondo un escritorio roído con un cajón descolgado y en su interior, un papel arrugado. No se encontraba allí pero sé que me miraba, podía notar su presencia por todas partes. Su aroma me inundaba. Su sonrisa se clavaba en lo más profundo de mi ser. Comencé a leer. Lo tenía en el olvido, pero en el fondo sé que nunca me olvidaré. Aquello, era lo mas hermoso que había leído en mucho tiempo. Estaba lleno de sentimientos, muy confusos y fugaces, incluso inciertos, pero allí estaban. Comencé a pasar la mirada por cada una de aquellas palabras, dejando que me alcanzasen. No tenía intención de abandonar ahora que había sido capaz de llegar hasta allí. El camino había sido difícil, sobretodo conmigo misma, pero estaba decidido, debía ser así, tenía que leer aquello. Su recuerdo se tornó doloroso, y con él mi propia imagen. Aquellas palabras significaban tanto y a la vez ya nada...me resultaban tan hirientes y a la vez tan hermosas que no podía contener las lágrimas. No podía reprimir todo aquello que brotaba de mi, era demasiado intenso. Me hubiera gustado que mi boca dijese la verdad en aquel maldito instante, joder que si lo habría deseado...mas que nada en este mundo. Seguí leyendo y poco a poco fui dejándome caer hasta quedar sentada en el suelo polvoriento. No me importaba que mis medias nuevas estuviesen ensuciándose, y tampoco me importó que lo hiciese mi falda. Nada importaba. Sólo esas palabras resonando en mi cabeza. Había sido buena idea abrir aquella puerta. Tantos recuerdos... Me sentía viva, sentí por un instante algo, no sabría decir qué fue exactamente, pero lo sentí. Lo sentí y volví a leer la carta. Una y otra vez. Una y otra vez. Durante toda la noche, no supe hacer otra cosa que no fuese leer aquel papel. Lo leí mil veces, y con cada una de ellas me gustaba mas. Me hubiese quedado toda una vida leyendo aquel maldito papel. Pero las cosas no pueden ser así. Una debe aprender a cerrar de nuevo las puertas, a desempolvarse la falda y las medias y seguir vagando por los pasillos abriendo puertas sin interés alguno, sólo por el simple motivo de matar el aburrimiento y las ganas, locas, de abrir de nuevo esa puerta, de coger aquel papel y hacerlo real, de coger las palabras, convertirlas en vida y sacarlas para dejar un folio en blanco. Un folio que pueda volver a albergar un sueño como aquel o mejor, y que pueda convertirse en realidad.


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