Le echaba de menos, como nunca antes. Como nunca lo hizo otra.
No lo admitiría jamás.
Era alguien demasiado orgullosa como para reconocerlo, y sensata como para saber, que aquello no podía salir de su mente.
No, no podía volver a pasar. No se lo podía permitir.
Había pasado los últimos tres días encerrada en su habitación. Su pequeño amigo, no se había separado de ella en ningún momento. Las páginas de su diario se habían ido gastando a una velocidad desmesurada.
Miento.
De sus pensamientos no salieron palabras en tinta. El viento se las llevó todas a medida que intentaba plasmarlas en el papel, como si la tinta del bolígrafo se derramase y fluyese en el aire, convirtiéndose en nada.
En el exterior, la vida seguía. En el interior, ella estaba muerta. No se había separado de la ventana en los tres días que duraba su encierro, cómo si apegarse al sol, le hiciese olvidar que ella ya no pertenecía a ese mundo. Pero ni el calor del sol podía acabar con el peso que le suponía saberse muerta.
Tenía la mirada perdida. Una lágrima oculta tras sus ojos, incapaz de salir. Incapaz de dejarla caer.
¿Por qué?

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