sábado, 14 de diciembre de 2013

Madrugada.

La vida le brindó una sonrisa, y ella, como niña pequeña, sonrió por primera vez en mucho tiempo. Sus ojos y su alma pedían a gritos llorar de emoción, pero había que mantener la compostura, desde hacía bastante tiempo había comprendido que hay cosas que es mejor guardarse para una misma. 


Ahora se encontraba en su habitación, sola, al refugio de la música y de su cuaderno. ¡Oh bendito cuaderno! En él se recogían sus mas profundos pensamientos. Él era su mejor amigo y allí tumbada con su amigo encima, rodeándola con sus páginas se encontraba cómoda. No había nada allí que la molestase, ni los libros tirados por el suelo, ni el ruido de la calle, nada. La música, y aquel recuerdo, la inundaban por completo, y sonreía. Sonreía por aquellas horas que no habían sido en vano. Sonreía por todos aquellos llantos que alcanzaron su destino. Sonreía por ella. Sonreía por él. 

¿Alguna vez creísteis que nada podría salvaros? Así se encontraba ella, pero ese día alguien la había salvado y ni siquiera lo sabía.


Ella era una chica pequeña, de piel pálida, mejillas sonrosadas y piel de melocotón. Su larga cabellera caía por sus hombros hasta llegar a su cintura. Lucía un bonito lunar en el cuello, apenas visible por su pelo, y unas manos de porcelana. Allí tirada se había camuflado entre las sábanas y reía traviesa, con una mirada cómplice que nadie entendería. Nadie excepto él. Azul, de hojas blancas y anillas grises. 


Su mente voló a aquel momento, y el cuarto pareció teñirse de un aire melancólico. Se revolvió en la cama y dejó que su cara saliese de entre las sábanas para encontrarse de lleno por la luz del sol que bañaba la habitación. Miró por la ventana y sin dejar de sonreír, pronunció su nombre.



No hay comentarios:

Publicar un comentario