Llega un momento en que desconectas, no das más de ti. No importa donde estés ni cuándo, tu cerebro se cansa del mundo exterior. Estamos saturados de estímulos. La mayoría de ellos inútiles, no nos interesan. Pasamos de ellos, los ignoramos como si fuesen hormigas insignificantes a nuestro paso.
Lo gracioso del asunto es que para nada esas hormigas están puestas por azar. Cada una de ellas es especial a su manera. Y no sabemos verlo. Pensamos que sólo ciertas cosas tienen sentido, y son importantes. Pensamos que el resto es solo relleno, pero estamos muy equivocados. ¿Acaso es solo importante la voz o la guitarra de una canción? Para nada.
Es curioso que nos pasemos la mayor parte de nuestra vida quejándonos de lo aburridos que estamos, de que no tenemos nada que hacer, de que nada nos apasiona, de que nada nos entusiasma... pero realmente sólo tenemos que pararnos a observar. Lo mas pequeño. Todas y cada una de esas pequeñas hormiguitas que pasan por nuestro camino. Tal vez encontremos en alguna de ellas algún desperfecto que nos llame la atención.
El fluir de la tinta de un bolígrafo, o de una pluma. El vibrar de una cuerda o tal vez te guste la costura y el pasar del hilo con la aguja por la tela creando bonitos bordados. Cualquier hormiguita puede hacerte sentir especial. Cualquier hormiguita es válida, ¡incluso la que esté coja! Quién sabe, tal vez aquella sea la tuya, esa a la que nadie querría, pero estamos siempre demasiado ocupados criticando, como para prestar un poquito de atención.
Siempre echamos la vista a un lado, nos quejamos y nos negamos a ver lo que tenemos que ver. No sentimos, ni nos centramos en sentir lo que tenemos que sentir. Estamos demasiado obsesionados con destruir. Estamos obsesionados con tirar todo por tierra. Desaparecer. Es por eso que estamos cansados, y desconectamos. Porque nos cansamos de odiar. Porque a veces necesitamos ese respiro de aire fresco que se supone que debemos proporcionarnos nosotros mismos.
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