A veces me gustaría poder ser totalmente sincera con todo el mundo, de verdad que si, pero ya no sólo por ellos, también por mi, estoy segura de que no podría. Algunas cosas serian algo dolorosas, otras simplemente carecerían de fundamento y la mayoría de ellas ni siquiera tendrían importancia. Para ellos seria información inútil. Para mi seria simplemente la capa superior de todo lo que podría decir.
Aun no se porque me callo. A veces pienso que podría hablar por los codos sin parar. Otras, la mayoría, pienso que hablaría simplemente de cosas triviales, aburridas, sin trasfondo. Tal vez no. También resulta gracioso que quiera hablar sin saber sacar tema de conversación, tengo pocos. Aunque la gente diga que tengo muchos. Pienso que eso puede deberse a que ellos ven en mi muchísimo más que yo. Siempre recordaré las palabras de una compañera de clase, que me animaba a hablar, a mostrar el mundo interior que llevo dentro al resto del mundo. Aún sigo en la búsqueda de ese mundo. ¿Qué hay dentro de mi.? Qué puedo yo, simple y pequeña mortal, enseñaros al resto de vosotros, que no sepáis ya mejor que yo.
Si que es cierto que echo mucho en falta una persona a quien confiar todo. Todo mi ser. Cuerpo y alma. Pero sé que es extremadamente difícil. Necesito demasiada atención. Puede que esto sea culpa de mis padres, de mi madre, más bien. Siempre sobreprotectora, siempre encima mía, cuidándome y haciéndome más caso del que debiera. Tal vez debió dejarme sola mucho más tiempo, muchas más veces. Pero lo pienso, y me resulta extraño y a la vez fascinante cómo aunque siempre estaba encima mía, y yo no me despegaba de ella, nunca le confíe lo que me pasaba. Nunca supe hablar con ella, ni con nadie. No se cuales son mis secretos, ni si son secretos en realidad. Porque hablo, no digo nada, pero siempre creo que revelo demasiado.
Siempre he querido tener una hermana pequeña. Me pregunto si no la habría atormentado demasiado con mis problemas. Puede que mi búsqueda en la vida sea esa, encontrar a esa persona, aunque realmente, ¿quién en su sano juicio se atrevería a comprometerse a tal cosa?. ¿Quién seria realmente capaz de hacerse cargo de mi?. De escuchar todos mis pensamientos. A veces creo que lo más sencillo seria, y sí, digo lo más sencillo porque el resto de cosas me parecen imposibles, que me desdoblase, que hubiese otra yo sobre la que pudiese volcar todas mis frustraciones, miedos, historias, cuentos, pensamientos, emociones... Todo compartido por la misma persona que lo entendería todo, a la que no hubiese que darle explicaciones y que tampoco las pediría. Alguien capaz de soportarme. Difícil.
Nunca se me ha dado bien confiar, nunca hablaba con mi madre, con mi hermano o con mis familiares. Tampoco con mis amigas, si es que acaso las tenía. Siempre me sentí apartada de todos, como rara, como la pieza del puzzle que encaja en ninguna parte. Hay quien dice que todo es porque creo que el resto de personas no me entenderán, pero, ¿realmente hay alguien que pueda hacerlo?
A veces creo que soy especial. Lo malo de esto es que me creo especial para mal, nunca para bien. Me llamo a mi misma humilde, o al menos es una palabra que ronda mucho mi cabeza estos días. No me gusta alardear de mis proezas, no me gusta presumir, no me creo mejor que nadie. Pero es justo eso lo que ha hecho que me hunda en muchas ocasiones, lo que me ha arrastrado al fondo del lodazal. Me dejé llevar por la humildad y acabé destruyendo mi propia autoestima. Para más inri, no sólo me autodestruí, sino que hubo quien vio su oportunidad de oro en ello y se levantó a mi costa. Me usaron como peldaño de una escalera para subirse ellos mismos a lo más alto. Por aquel entonces puede que no lo viese, o que simplemente no quisiese quejarme.
Siempre he sido servicial, he vivido para ayudar a los demás sin importar mucho mi propia ayuda. Nunca me dio por quejarme a la cara si se aprovechaban de mi. Nunca vi el mal que podría ocasionarme el ayudar. Nunca me di cuenta de que no podía cultivarme a mi misma si siempre estaba pendiente de regar a los demás.
Llegados a este punto solo puedo mirar atrás y darme cuenta de que he creado una rutina alrededor de mi vida que difícilmente creo que pueda derribar. Muros y muros de simpatía, de sonrisas, de buenos pensamientos hacia los demás, ayuda y ayuda destinada a otros que no soy yo. Una rutina que no sólo ha sido creada poco a poco e inconscientemente por mi, sino que venia en mis genes y que desciende directamente de mi santa madre. Este hecho, es el que me hace darme cuenta, de que todo será difícil de mandar al carajo. Los genes no se pueden cambiar. Esa maldita doble hélice de ácido desoxirribonucleico que contiene nuestra maldita información genética no puede ser deshecha y remodelada, tenemos que aprender a convivir con ella.
A eso se resume mi vida en gran medida. A soportar leyes impuestas por quién sabe qué ser supremo estúpido y que no da explicaciones de nada de lo que decide. A convivir con lo que me han dado y aguantarme con lo que me quieran dar. A no levantar la voz más de lo permitido ni intentar impulsarme hacia algo más allá porque "me estoy columpiado demasiado". ¿Cómo sino voy a llegar a alguna parte si no es cogiendo impulso y saltando del columpio? Eso en casa nunca estaba permitido. Las voces solo las daban los de arriba, los pequeños recibían castigos. Y tengo que decir que yo nunca he sido castigada. No, al menos no de ese tipo de castigo que imagino que todos estáis pensando. Nunca podrían haberme castigado por no cumplir con lo que me pedían. Obedecer se me da bien, de ahí que ahora tenga esos gustos por ser sumisa, tal vez. Es lo que siempre se me tuvo que dar bien.
Pero ahora no, ahora pretenden que vuele sola, sin una red, sin un colchón, sin las alas que un día tuve y que poco a poco yo misma me arranqué. Ahora pretenden que derribe todos los muros, los externos, los internos, los visibles, los inmateriales, los de pensamiento. Ahora que ya están construidos y bien fraguado. Con lo fácil que hubiese sido que esos muros nunca llegasen a construirse, ahora me enfrento a mi misma, y no sé por donde empezar a golpear.
La parte más difícil de todo, puede que radique en la incertidumbre de no saber que encontraré cuando derribe esos muros. Puede ser que renazca la buena persona que pudo haber un día, o puede que solo reluzca el odio que he ido acumulando durante años y que nuca dejé escapar. Todas esas palabras sinceras y duras que nunca dije. Todas las verdades horribles que me callé y me consumieron poco a poco hasta dejarme hecha un pequeño montón de cenizas. El pequeño montón de cenizas tristes que soy ahora. Consumida en si por su propio fuego.
Soy realmente la persona más peligrosa que conozco y tal vez por eso a la que más temo. Yo soy capaz de hacerme más daño del que puedan hacerme los demás, al fin y al cabo ellos no pasan 24 horas al día escuchando todo lo que pienso y siento. Ellos no conocen los rincones profundos a los que adentrarse para hacerme daño. Pero yo si. Yo soy capaz de levantar los brazos, buscar entre mis costillas, y seguir rajando y rompiendo lo poco que quede de mis propias alas. Tras ello, aún quedan muchos órganos a los que dañar pudiendo seguir viva. La gente no es tan rebuscada. Ellos sólo llegan a hacer el daño directo, pero superficial. Yo sé hacerme sufrir como no lo haría nadie, y a veces creo que debería concienciarme de ello, y respetarme. No debería dejar que me enfadase conmigo misma, porque lo pagaría muy caro. Pero nunca me respeto.
No sabes lo que te entiendo con esta entrada... Lo peor es siempre lo mismo, que cada uno es su propio peor enemigo, y no hay manera de superar eso.
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