Hoy me desperté con ganas de follarte lento, con el calor del sol y el humo del cigarro.
Hoy me desperté con ganas, de estar en esa habitación de sabanas blancas, llena con todos mis miedos.
Hoy me desperté con ganas de meterte allí y en mi lista de deseos prohibidos.
Hoy me desperté con ganas de tratarte mejor de lo que puedo hacerlo.
Hoy me desperté siendo yo y ella. Ella. Qué palabra... Cuantos secretos guarda, cuantos buenos y cuantos malos, cuantos dichos y cuantos aún por decir.
Hoy es uno de esos días en los que me acerco a la felicidad, esa que no encontraré, porque escapa a mis dedos como el aire, y se esfuma. Y se fuma. La felicidad se fuma. Se siente como el calor del sol en la piel, como el tacto del pijama suave.
La felicidad se huele y se saborea, la felicidad viene de esa bocanada de aire frío que cuando se escapa revela el regusto del cigarro o del porro que te acabas de fumar. Es esa sensación de despreocupación, de desconectar del mundo. Es esa habitación.
Mi habitación blanca, luminosa... Quien me lo iba a decir, mi lugar placentero, una habitación imaginaria llena de luz, de la luz del día y de la luna cuando es de noche. Con cama de sabanas blancas, con miles de trastos tirados por el suelo, con restos de sustancias por todas partes. Una habitación colmada de un humo espeso, pero casi imperceptible para los recién llegados. La habitación de la que no saldría nunca, porque no lo necesitaría. Esa habitación de ventana permanentemente cerrada...
Yo, la chica del pelo negro.
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