Escogieron una mesa al fondo, escondida para el resto del mundo, íntima, muy íntima, alumbrada por la luz de las velas y decorada con el mayor de los mimos. Él la ayudo a acomodarse mientras ella sonreía. Mientras tanto el camarero, amigo del chico, fue tomando nota de las bebidas mientras que con poco disimulo guiñaba un ojo.
La velada daba la sensación de ser perfecta, se respiraba tranquilidad entre ambos y ella, no acostumbrada, creyó estar soñando. De repente, el camarero agitado pide ayuda de aquel que acompañaba a nuestra dama que sale despedido hacia la cocina.
Pasaron los minutos, y el no volvía. Pasaron las horas, y él no volvía. Pasó por su mente, pero no aparecía.
Y allí estaba él, de la mano de una desconocida rubia conduciendo hasta un apartamento a pocas manzanas del restaurante. Entrando en calor poco a poco. Olvidándose de ella completamente. Demostrando que realmente, nunca le importó.
Se quitó la ropa, y tumbo a la desconocida en la cama, ella sin un atisbo de vergüenza o miedo comenzó a desnudarse y a besarle, a revolcarse y a reírse...
Y allí estaba ella, esperando en aquel lugar idílico, con el vestido envuelto en lágrimas, sabiendo que él no volvería a buscarla, por que no le importaba. Sabiendo que estaba en aquellas sábanas, riéndose de ella, y disfrutando de su dolor.
Se levantó de aquella silla, mirando de reojo al camarero que la miraba burlándose de ella. Se secó las lágrimas y se dijo a sí misma: nunca mas.
Aquella noche el último trozo de su corazón cayó, no quedaba mas que romper, no había nada mas, sólo dolor.
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