Hubo un tiempo en que sus rizos negros habían visto la luz del sol y habían sido acariciados por el cantar de los mas bellos pájaros. Su vestido azul había lucido como el mas hermoso del lugar y nunca había mostrado un signo de estar arrugado. Sus zapatos de charol siempre habían estado bien cuidados ni una sola mancha podría dar a entender que habían sido descuidados ni un solo instante.
Por aquel tiempo, su rostro lucía cálido y sonrosado, sus pestañas estaban bien pintadas y arregladas y sus ojos mostraban un brillo realmente increíble. Su mirada era la mas limpia que alguien podría encontrar, y en ella se atisbaba un matiz dulce e inocente, que acababa de enamorar por completo. Su vida era siempre agitada y divertida, viajaba todo el tiempo por el mundo y conocía hasta los mas recónditos pueblos. Hacia siempre parada en la plaza mayor para darse a conocer, pues le encantaba ser la protagonista y el centro de las miradas, le encantaba hacer sonreír a la gente y sobre todo, le encantaba bailar. Era lo que mejor se le daba.
Recordaba que su mejor actuación había sido aquella en la que había bailado una pieza de ballet clásico en la plaza de un escondido pueblecito de pescadores. Aquel día, la plaza se encontraba abarrotada de gente que la miraban con especial interés, dado que allí no acostumbraban a recibir visitas. No eran mas que un pueblucho alejado de la mano de Dios. Ella se encontraba en mitad de la plaza y saludaba a todos con alegría e ilusión, haciendo reverencias y saludando con la mano. Se presentó mientras brincaba alrededor del corrillo que se había formado, y empezó a andar alrededor de la hermosa fuente que presidía el lugar.
El baile comenzó desde una esquina un tanto apartada. Ella hacía como quien empezaba a despertar, confusa, perdida, pero poco a poco iba alzándose, cada vez mas alto, con más interés, para acabar volando, sobre la hermosa fuente. Aquel día hubo incluso a quien se le saltaron las lágrimas. Sin duda había sido su mejor obra, nada que comparar con sus anteriores actuaciones. Ella se sentía orgullosa, muchísimo. Se había esforzado al máximo y vio que había valido la pena.
Tras aquel fantástico día, volvió a su hogar, si es que podía llamar así a aquello, un pequeño lugar revuelto y en el que apenas había unas telas viejas que le resultaban cómodas para dormir. Se encontraba satisfecha con su trabajo aquel día, aún podía recordar las cara animadas del público y al final las lágrimas de emoción que se atrevían a derramar algunos. Tenía pensado dormir profundamente pero la noche se presentó agitada, una fuerte lluvia cayó sobre el pueblo y un viento horrible y feroz perturbó su sueño, de manera que a la mañana siguiente se encontraba demasiado cansada y triste como para volver a actuar. Pero, aquel día fue distinto.
Cuando salió de su hogar descubrió de pronto que ya no se encontraba en aquel pueblo que tanto le había gustado la tarde anterior, ahora estaba en un sitio totalmente desconocido. No sabía que hacía en aquel lugar ni cómo había llegado a parar allí, pero se sintió de pronto muy asustada. No podía estar pasando, seguramente aquello debía de ser una pesadilla, no podía ser...
Descubrió entonces que estaba en el cuarto de herramientas de su maestro, tal vez sólo iban a arreglarle los zapatos, pero ella había tenido muchísimo cuidado siempre, no notaba que nada andase suelto. Miró a su alrededor con disimulo y descubrió que se encontraba sola, pero podía escuchar una voz lejana, que podía reconocer como la voz de Abel, aquel que le había enseñado todo lo que sabía. Parecía preocupado y triste, pero no podía ir corriendo hacia allí para preguntarle que ocurría, debía aguardar su llegada e intentar escuchar algo mientras tanto...
-... Yo, lo siento mucho Caudia, pero saber que es lo mejor y más ahora que...
Fue lo único que pudo escuchar, pero casi al instante él entro en la habitación acompañado de una anciana mujer, que debía de ser su mujer. Ciertamente, ella no la había conocido nunca así que, sólo se atrevió a pensarlo para sus adentros. Se quedaron allí ambos, mirando hacia Lilith, sin saber muy bien que hacer, cómo reaccionar. Pasó un rato hasta que Abel se decidió a hacer algo y con voz temblorosa dijo:
-Lo siento mucho Claudia, de verdad. Me duele más a mi que a ti, pero ésto ya no funciona, no nos da el dinero suficiente como para seguir viviendo tranquilos, y bueno, ahora que me salió esa oferta en el campo yo... no creo que deba rechazarla. Perdóname.-
Entonces agarró a Lilith por la cintura, con el mayor cuidado y mimo posibles y la miró a los ojos. -Lo siento pequeña, has hecho un trabajo fantástico.- Comenzó entonces a llorar y Claudia tuvo que consolarlo. Sabían que era una decisión difícil y que odiaban tener que tomar, pero era la decisión correcta. No había opción.
Lilith se sintió muy confusa, aún no comprendía del todo que es lo que estaba sucediendo y su cabeza no paraba de bullir mil ideas. No sabía que hacer, ni que iba a pasar. Abel seguía cogiéndola de la cintura y poco a poco iba levantándola, con temblor, de la superficie en la que se encontraba. Trataba de hacerlo con el mayor cariño posible, y se notaba en las lágrimas de tristeza que iban cayéndole poco a poco. Al fin, Lilith llegó a su nuevo destino, llevada siempre de la mano de Abel, su querido maestro. Cuando se quiso dar cuenta, se hallaba sentada en una estantería bastante alta, donde le acompañaban un par de cuadros viejos unas flores ya marchitas. En aquel instante fue cuando lo comprendió todo. No podía dejar de mirar a los ojos de Abel, sabiendo entonces todo lo que estaba ocurriendo. Se acabó. Se acabó todo. Los bailes, las excursiones, los viajes, los pueblos, los llantos, las risas. Aquel día, la función había terminado.
Abel, tuvo que dejar su profesión, la que amaba, ser titiritero, y Lilith se convirtió en otro de esos títeres olvidados, que ya nadie recuerda y a los que sólo les visita el polvo y la soledad. Su pelo nunca volvió a brillar, sus ojos perdieron todo atisbo de inocencia, y su vestido nunca más fue el que era...

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